La luz finalmente se fue, un día ya no aparecio. Los habitantes ya no pudieron verse entre ellos, ya no podían jugar cartas, ni domino, ni nada de lo que estaban acostumbrados. Al principio todo fue muy triste, nadie quería hablar de lo que pasaba, nadie se reconocia, se espantaban al toparse unos con otros. Pero pasados los días, los habitantes fueron entendiendo que tenían que hacer algo, empezaron a hablar entre ellos y todo el día hablaban, ya no chocaban en los pasillos porque iban hablando y sabían perfectamente cuando uno venía o se alejaba. Empezaron a descubrirse entre ellos, sabían que a alguien le gustaban ciertas cosas y a otros no, sabian donde encontrar a la inteligencia, a el sabio, a el impulsivo, a el desordenado, a el celoso, al amante, al cariñoso…y empezaron a saber cuando necesitaban de cada uno de ellos.

Pasaron las semanas y vieron que empezaron a ver que la luz era necesaria pero no indispensable y asi fueron conociendose entre ellos, entre todos los integrantes de este gran castillo. Descubrieron otros juegos, contaban cuentos, cada quien contaba su forma propia de cada cuento, o simplemente todos interactuaban y hacian un gran cuento. Ahora todos sonreian de nuevo.

Un día la luz decidio regresar a alumbrar el castillo, obviamente todos se pusieron muy felices y la recibieron con los brazos abiertos, la luz estaba mas luminosa que nunca y todos volvieron a verse, aunque al verse se dieron cuenta que se conocian mejor que antes, que el haber estado a obscuras no impidio que se conocieran y aprendieran las cosas que les gustaban y disgustaban de cada uno de ellos.

A partir de ese día entendieron que cada parte de su mundo es muy importante, pero no indispensable…y que para conocerse entre ellos no hace falta verse sino simplemente hablar con uno mismo.